Capítulo 1

La muerte es una quimera porque mientras yo existo.
No existe. Y cuando existe la muerte. Ya no existo yo.
(Epicuro de Samos)

Un niño de cinco años fue encontrado muerto. El calvario empezó en Kerala, mes de Junio del año 1668. Aquella tarde, Frederik salió a jugar por la plantación, solo sin Nashir, así que nadie supo que fue de él. Nadie, pues todo ocurrió sin testigos, únicamente Sunita le vio salir de la casa. Antes que los últimos rayos de sol nos abandonaran, organizamos patrullas de rastreo con la ayuda de los trabajadores de la plantación. Lamentablemente, la fortuna no estaba de nuestra parte.

Tras una noche de intensa desesperación, y ya con las primeras luces, reanudamos los trabajos y centenares de hombres se sumaron a la batida. Le buscamos incansablemente, bajo la intensa lluvia que como cada año nos traían los monzones. Rincón a rincón y centímetro a centímetro. Pero nadie supo de su paradero, ni siquiera las autoridades encontraron pista alguna.

Cinco semanas después, hallaron el cadáver tirado en una bancada, como si de un animal se tratara. Experimenté una terrible sensación al acercarme a identificar los restos, pues la incertidumbre me apresó y me lanzó de cabeza al abismo. Sentí una presión en el pecho, que me impedía respirar por momentos. En esos instantes deseaba con todas mis fuerzas, desde lo más profundo de mi corazón, que ese cuerpo no fuera el de Frederik. Mientras me aproximaba, pude oler el hedor repulsivo que desprendía el cuerpo. Un hedor solo comparable, a la ira que todavía hoy, me corroe las entrañas. La victima apareció amoratada y sucia. Las ropas eran jirones y la putrefacción ya engullía sus delicadas y jóvenes carnes. Tenía marcas de golpes y le habían mutilado uno de los dedos de la mano derecha. Todos los indicios apuntaban a que había sido torturado. Su cara estaba desfigurada y reflejaba sufrimiento.

Todavía recuerdo su sonrisa, su inocencia y hasta sus últimas palabras. Aquél día me encontraba allí, en aquel paraje, el que fue su escondite preferido, donde solía jugar con Nashir, el nieto de Sunita. Annika y una docena de personas llegaron al lugar escogido para dar sepultura a Frederik. Nuestro amigo, el misionero Connor O’Sullivan ofició el entierro. Recuerdo que, un llanto desgarrador rompía el silencio sepulcral. “¡Mi hijo está muerto!“ Dijiste enloquecida.

Al escuchar estas palabras de tu boca, fui consciente que jamás encontraría consuelo sin venganza. ¡Habían matado a nuestro hijo!, ¡Destrozaron mi familia! ¡Aniquilaron mi descendencia! Me juré a mi mismo que actuaría sin piedad ante los asesinos. Sangre y más sangre, la imagen de mis manos ensangrentadas se repetía en mi cabeza una y otra vez. Mi mente, trataba de escapar de allí, mientras observaba como los dos empleados seguían cavando. Sangre, justicia y dolor eran mis objetivos. La pena negra se apoderó de ti Annika, y el llanto se entremezclaba con el sonido de la pala desgarrando las profundidades de la tierra.

El cuerpo de mi hijo yacía en un modesto ataúd de madera de sándalo con sus iniciales grabadas. F.V. G. Sunita y Connor fueron los encargados de amortajar el cadáver con un humilde sudario. Tú estabas exhausta y afligida, hasta el extremo que fuiste incapaz de presenciar los preparatorios mortuorios. Así que, el misionero lo dispuso todo, a pesar de no ser católico y que el acto me resultara una farsa hipócrita. Yo acepté el treatrillo, puesto que Connor era amigo íntimo desde que nos instalamos en Kerala.

El entierro fue sencillo, por tal motivo solo acudieron personas allegadas a la familia. Bruno mi estimado y fiel amigo, nos acompañó el día del funeral. Nada más verme, se acercó a mí y me abrazó. Él comprendía, mejor que nadie, mi dolor por la pérdida, pues había enterrado a su señora el pasado verano. El religioso comenzó su oración: “Nos encontramos aquí reunidos para dar el último adiós al pequeño Frederik”. Un relámpago nos advirtió, nada más iniciarse el oficio religioso, que la lluvia no tardaría en aparecer. Recuerdo que, Connor miró hacia las alturas, quizá buscando inspiración divina para su plegaria. Las primeras gotas de lluvia caían, parecía que hasta el cielo lloraba por nuestro retoño. “Ha sido un acto despreciable. La justicia divina y la terrenal se pronunciarán. Los culpables serán castigados. ¡Debéis tener fe, hermanos!” Dijo tratando de consolarnos.

Los dos trabajadores de la plantación cavaron un profundo hoyo para albergar un pequeño féretro. La madre, entre lágrimas se acercó al ataúd y se arrodilló. “Nunca un padre debería enterrar a un hijo” Añadió Connor, mientras dirigía la mirada hacia donde te encontrabas. Esa escena me conmovió, debía asumir que lo que había dentro de esa caja, ya no era nuestro niño, sino un frío cuerpo inerte. Qué difícil es todo esto, no he superado la muerte de mi hijo. ¿Por qué el destino es tan cruel conmigo? Era una criatura que rebosaba vida, ilusión y futuro. Todavía hoy, me atormenta el recuerdo de la pala desgajando las vísceras de la tierra, pues augura el vacío eterno, la oscuridad, en definitiva, el fin. Mi re mi fa. Presiento que el último redoble de campanas, será en memoria de esta alma infecta y condenada. En las noches más oscuras, mi mente funesta y corrompida me azota con pesadillas y horrores. Sin embargo, desde mi sombrío destierro, no puedo hacer otra cosa que implorar tu perdón, Annika.

En el funeral, el misionero nos habló de consuelo, mientras tú permanecías asida al ataúd ajena a sus palabras. La lluvia caía con fuerza, las gotas resbalaban por tu mejilla y ya se confundían con tus propias lágrimas. Así llegó el temido momento, el del último adiós. Llovía con intensidad y el cielo estaba embravecido, diría que casi se mostraba violento. Finalmente, tres empleados metieron el pequeño féretro en la oscura tumba. Sunita se acercó a nosotros y nos repartió los arreglos florales. Y recuerdo que ibas vestida de riguroso luto y sozollabas mientras las lanzabas sobre la caja. En pocos minutos quedó cubierta por una colorida y espesa manta de flores. Palada tras palada, el hoyo quedó cubierto de arena. En ese momento Bruno y yo nos miramos. Teníamos que depositar sobre su tumba, el elefante de madera que los dos habíamos tallado con nuestras propias manos en memoria de Frederik. El misionero nos miró extrañado, entendía que ninguno de los dos comulgábamos con la religión y que además despreciábamos todo símbolo de cualquier tipo de chifladura sectaria. Y a pesar de todo, se mostró tolerante y asintió mostrando respeto por nuestra acción.

Bruno estaba afectado, entristecido y muy apenado. Para él, Frederik, era su sobrino, le adoraba y lo quería con locura. En aquellos momentos tú me agarrabas la mano intentando mantener la compostura. Estabas empapada, temblabas y apenas podías articular palabra, pero le dijiste Connor con la voz entrecortada. “Espero algún día encontrar consuelo “ Recuerdo que yo te abrazaba, y tú te secabas la cara con el pañuelo de seda con motivos florales que yo te regalé. El misionero, sabía que yo me declaraba abiertamente ateo, y que sus palabras, aunque cargadas de buenas intenciones, no mitigaban en absoluto mi pena. Supongo que mi semblante hablaba en mi lugar, y debía reflejar hostilidad. Porque él me dijo en un tono tajante y amenazador. “Heinrik. La venganza no es el camino”